Bioy Casares va al cine

Autor(es): Mancini, Adriana
Editorial: Libraria
Año: 2014
Ciudad: Buenos Aires

No podía faltar en la colección «Los escritores van al cine» un título dedicado a Adolfo Bioy Casares. Salvo en el caso de Manuel Puig, en ningún otro escritor argentino la imaginación narrativa está tan ligada al cine como en Bioy. Adriana Mancini  avanza entre la vida y el cine, la vida y la literatura, y nos revela estas relaciones a partir de dos conceptos que son frecuentes en sus escritos críticos: el amor y la vejez. Los hallazgos nos entregan una biografía al sesgo que poco tiene que ver con las Memorias de Bioy o con su monumental diario sobre Borges. La Rambla de Mar del Plata, las bataclanas que alguna vez deseó, las relaciones complejas con Horacio Quiroga, la devoción por Louise Brooks, la vejez y el pacto fáustico, Primera plana de Billy Wilder y la dictadura militar: todos esos acontecimientos diseñan una figura en el tapiz cuyo secreto velado –pero sugerido de diversas maneras por la autora– es la madre. La visión desde el cine de Mancini nos revela a un Bioy desconocido en lo ya sabido: sabíamos que amaba a las mujeres, pero ignorábamos la relación con su madre; sabíamos que el cine era para él un plan de evasión, pero no conocíamos el momento en el que el cine se encontró con la política en su forma más despiadada; sabíamos que iba todos los días al cine, pero no llegábamos a visualizar que se trataba  de “un oráculo privado”.

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Descripción

No podía faltar en la colección «Los escritores van al cine» un título dedicado a Adolfo Bioy Casares. Salvo en el caso de Manuel Puig, en ningún otro escritor argentino la imaginación narrativa está tan ligada al cine como en Bioy. Adriana Mancini  avanza entre la vida y el cine, la vida y la literatura, y nos revela estas relaciones a partir de dos conceptos que son frecuentes en sus escritos críticos: el amor y la vejez. Los hallazgos nos entregan una biografía al sesgo que poco tiene que ver con las Memorias de Bioy o con su monumental diario sobre Borges. La Rambla de Mar del Plata, las bataclanas que alguna vez deseó, las relaciones complejas con Horacio Quiroga, la devoción por Louise Brooks, la vejez y el pacto fáustico, Primera plana de Billy Wilder y la dictadura militar: todos esos acontecimientos diseñan una figura en el tapiz cuyo secreto velado –pero sugerido de diversas maneras por la autora– es la madre. La visión desde el cine de Mancini nos revela a un Bioy desconocido en lo ya sabido: sabíamos que amaba a las mujeres, pero ignorábamos la relación con su madre; sabíamos que el cine era para él un plan de evasión, pero no conocíamos el momento en el que el cine se encontró con la política en su forma más despiadada; sabíamos que iba todos los días al cine, pero no llegábamos a visualizar que se trataba  de “un oráculo privado”. Una de las anécdotas que narra Mancini concluye con una frase reveladora: “El cine ya había modelado su capacidad de percepción de la realidad”. Tal vez ahí esté todo el misterio de Bioy y su relación con el cine: ir al cine para Bioy no era desplazarse hacia otro mundo, sino entrar en el propio.

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