Especies intencionales

Autor(es): Anwandter, Andrés
Editorial: Provincianos
Ciudad: Santiago

«La poesía es un tipo de comunicación defectuosa», dice Andrés Anwandter en una entrevista. Y este libro lo confirma. En él no se describen grandes hazañas ni gestas heroicas. No aparecen revelaciones ni temas extraordinarios. No se da cuenta de personajes ni de hechos sublimes. Sus sujetos son individuos prosaicos que atraviesan en silencio los campos de espigas o se consuelan diciéndose nada.

Publicado originalmente en 2001, “Especies intencionales” da cuenta de los titubeos del sujeto de mediados de los noventa, de la indiferencia y la desorientación que caracterizan la experiencia de las postrimerías del siglo pasado en nuestro país y también de una desconfianza radical en los alcances del lenguaje poético y de la palabra en general.

Acá el poeta no le canta a la vida ni a la muerte, no asume ningún compromiso ideológico ni descubre el tupido velo que oculta las cosas. Es apenas un hombre que fuma sentado en el banco de una plaza. Y que logra registrar unos leves devaneos, los que dan cuenta de una relación habitual y cotidiana con el vacío. Y también con una especie de abulia propia de la época, la que lejos de volverse insoportable, se asume con naturalidad.

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Descripción

«La poesía es un tipo de comunicación defectuosa», dice Andrés Anwandter en una entrevista. Y este libro lo confirma. En él no se describen grandes hazañas ni gestas heroicas. No aparecen revelaciones ni temas extraordinarios. No se da cuenta de personajes ni de hechos sublimes. Sus sujetos son individuos prosaicos que atraviesan en silencio los campos de espigas o se consuelan diciéndose nada.

Publicado originalmente en 2001, “Especies intencionales” da cuenta de los titubeos del sujeto de mediados de los noventa, de la indiferencia y la desorientación que caracterizan la experiencia de las postrimerías del siglo pasado en nuestro país y también de una desconfianza radical en los alcances del lenguaje poético y de la palabra en general.

Acá el poeta no le canta a la vida ni a la muerte, no asume ningún compromiso ideológico ni descubre el tupido velo que oculta las cosas. Es apenas un hombre que fuma sentado en el banco de una plaza. Y que logra registrar unos leves devaneos, los que dan cuenta de una relación habitual y cotidiana con el vacío. Y también con una especie de abulia propia de la época, la que lejos de volverse insoportable, se asume con naturalidad.

68 páginas

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