Descripción
Jean-Luc Godard (1930-2022) consagró toda su vida al cine. Primero como espectador y crítico, y después como cineasta, su legado es una de las cumbres del siglo xx. Además de su extensa y heteróclita obra —entre sus más de doscientas películas se encuentran algunos hitos de la historia de las imágenes en movimiento como Al final de la escapada, Pierrot el loco, Yo te saludo, María, Histoire(s) du cinéma o Film Socialisme—, fue uno de los cineastas que más y mejor ha pensado el cine, faceta que él mismo consideraba tan importante como la propiamente cinematográfica.
Jean-Luc Godard. Pensar entre imágenes recoge, por primera vez, las ideas que el realizador elaboró y reelaboró a lo largo de multitud de entrevistas, conferencias, conversaciones y presentaciones, y lo hace exclusivamente a través de las palabras de Godard, que, tras un proceso de selección y montaje a cargo de Núria Aidelman y Gonzalo de Lucas, conforman una constelación de pasajes en orden cronológico en los que el pensamiento en permanente proceso de elaboración del director se presenta al desnudo y en toda su riqueza, complejidad y extensión.
La memoria personal, la nouvelle vague, la dirección de actores, la cámara, el montaje, el papel de la crítica, la función e idiosincrasia del cine, la ficción y el documental, entre otros muchos temas, son aspectos que se van entretejiendo en este volumen imprescindible que es tanto unas memorias, como un ensayo y un libro de estética.
«El cine no ha sabido cumplir con sus obligaciones. Es un útil respecto al cual nos hemos equivocado. Al principio se creyó que el cine se impondría como un nuevo instrumento de conocimiento, un microscopio o un telescopio, pero muy pronto se le impidió desempeñar su función y se hizo de él un sonajero. El cine no ha desempeñado su función como instrumento de pensamiento. Porque se trataba cuando menos de una manera singular de ver el mundo, de una visión particular que después se podía proyectar en grande ante varias personas y en varios lugares al mismo tiempo. Pero, visto que el cine cosechó enseguida un gran éxito popular, se privilegió su lado espectacular. De hecho, este lado espectacular no constituye más que el diez o el quince por ciento de la función del cine: sólo debería haber representado el interés del capital. Ahora bien, rápidamente, pasaron a servirse del cine sólo en función de sus intereses y no le dejaron desempeñar su función más importante. Se equivocaron».





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